Un estudio que siguió durante 28 años a adultos mayores en Japón concluyó que, en promedio, las personas muestran cierta capacidad para anticipar cuántos años vivirán, pero con un sesgo marcado: suelen quedarse cortas. Entre los participantes cuyo desenlace pudo determinarse, alrededor del 59% superó la edad que había dicho que alcanzaría.
El trabajo, liderado por el científico social Shohei Okamoto (Universidad de Tsukuba), analizó datos de una encuesta nacional a personas de 60 años o más. En 1996, 2.447 participantes respondieron a qué edad esperaban llegar; 393 dijeron no saberlo y los demás dieron cifras entre 63 y 120 años.
Durante el seguimiento, murieron 1.514 de quienes habían dado una estimación. Los investigadores señalan que cerca del 98% de las fechas de fallecimiento se obtuvo de registros oficiales de residencia o de reportes familiares.
Efectos prácticos de las estimaciones de longevidad
Según los autores, quienes esperaban vivir más —en general— lo hicieron, incluso tras ajustar por variables como edad, sexo, factores socioeconómicos y de salud. El estudio precisa, no obstante, que es observacional y no demuestra que pensar que se vivirá más alargue la vida.
El análisis también plantea que equivocarse al estimar la propia longevidad puede tener efectos prácticos, más allá de la curiosidad: subestimar los años por delante podría traducirse en un ahorro insuficiente para la jubilación, mientras que sobreestimarlos podría llevar a una austeridad innecesaria.
El equipo añade que muchos encuestados parecieron apoyarse en cifras generales —como la esperanza de vida media al nacer—, pero señala que ese dato no equivale a la vida restante de alguien que ya alcanzó edades avanzadas. Explican que una persona que llega a 70 años ya superó riesgos de etapas tempranas, por lo que sería más útil contar con estimaciones basadas en la edad actual para orientar decisiones y planificación.